El Bosque Eterno

Capítulo I: El Descubrimiento

María nunca había prestado atención al bosque detrás de su casa. Había vivido allí desde que tenía memoria, y los árboles siempre habían sido solo... árboles. Grandes, silenciosos, verdes en verano y esqueléticos en invierno.

Pero esa mañana de octubre, algo cambió. Las hojas en el suelo formaban un camino que nunca antes había visto, como si alguien —o algo— las hubiera colocado a propósito. No era el viento, porque el viento no dibuja espirales perfectas con hojas de roble.

—¿Mamá? —llamó, pero su madre estaba en el trabajo. Siempre estaba en el trabajo desde que papá se fue.

Respiró hondo. El aire olía a tierra mojada y a algo más, algo dulce como la miel pero más antiguo. Dio el primer paso hacia el sendero de hojas y sintió que el bosque entero contenía la respiración.

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El sendero la llevó más adentro de lo que nunca había llegado. Los árboles aquí eran más gruesos, sus ramas se entrelazaban formando un techo que apenas dejaba pasar la luz. Todo estaba en silencio, un silencio tan profundo que podía escuchar su propio corazón.

—Has llegado —dijo una voz.

María se detuvo en seco. La voz no venía de ningún lado. Venía de todas partes.

—¿Quién... quién eres? —preguntó con un hilo de voz.

El árbol más grande del claro, un roble que parecía tener mil años, comenzó a brillar con una luz dorada muy tenue. En su corteza, las arrugas formaban un rostro.

—Soy el Guardián —dijo el árbol—. Y tú eres la que estábamos esperando.

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